“Pinto como un rockstar: viajo, hago un mural y vuelvo a la Argentina”, dice Martín Ron

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¿El mural más grande de Diego Maradona? ¿La torre de agua de Miramar que ganó un premio internacional? ¿La conmovedora estudiante de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora? ¿El mural central del Hospital de Clínicas? ¿El Lionel Messi que sorprende a quienes circulan por el centro porteño? Sí, todos estos murales tienen algo en común y es que fueron pintados por Martín Ron.

Oriundo de Caseros (provincia de Buenos Aires), el artista de 43 años está posicionado en la actualidad como uno de los diez mejores muralistas del mundo. El ranking surge luego de que su mural 360° de Miramar obtuviera el primer puesto en el concurso que realizó el año último la plataforma Street Art Cities.

Convertido en un viajero frecuente, Ron pasó de ser la “celebridad” de su barrio a principios de 2000 a un artista de renombre internacional: “Hoy pinto como un rockstar. Avioncito, ‘pumba’, hago un mural en un edificio y vuelvo a la Argentina”, resume. Sus obras hiperrealistas pueden encontrarse en distintas partes del mundo, en países como Malasia, Estonia, Dinamarca, Corea del Sur, Rusia, Inglaterra, Alemania y Arabia Saudita, entre otros.

La consagración de este artista no fue rápida ni llegó de un día para otro. Su sueño empezó a los siete años cuando comenzó a estudiar pintura con una profesora del barrio. En poco tiempo se convirtió en el preferido de las docentes de plástica y colaboraba con las escenografías para los actos escolares. Determinado, en la secundaria también pintó su escuela para juntar dinero para el viaje de egresados a Bariloche con sus compañeros.

El fin de su ciclo lectivo coincidió con el estallido de la crisis de 2001. Recuerda que, en aquel momento, no pensaba estudiar Bellas Artes. “Seguí una carrera tradicional, Ciencias Económicas, para asegurarme el porvenir, porque a mí lo único que me gustaba era pintar murales. En ese entonces no había una carrera ni referentes. Para mí era solo un hobby que valoraba y respetaba, pero que solo hacía cada tanto”.

A pesar de que practicaba su oficio de forma amateur, poco a poco fue haciéndose conocido por sus murales en Caseros: “Ya era como una celebridad, la gente me paraba y me felicitaba. Eso se fue potenciando, se hizo cada vez más grande. Los vecinos comenzaron a ofrecerme sus paredes y así se fue armando una bola de nieve imparable, que arrasó como un tsunami con todo lo que yo pensaba acerca del futuro. Me di cuenta de que lo que me gustaba era pintar y encontré en eso un estilo de vida. Así fue que todo explotó y empecé a viajar”.

–¿Te costó dar el paso de pintar como hobby a profesionalizarte?

–La verdad es que ese paso llegó en un momento en que ya todo el mundo me consideraba muralista menos yo, que aún no lo sentía así. Todavía pensaba a qué me iba a dedicar. Me costó el proceso, pero se fue dando sobre la marcha. En ese sentido, se armó un círculo virtuoso: cuantos más murales pintaba, más conocido me hacía y más paredes me ofrecían. Lo que más me gustaba es que, en esa época, no lo hacía por trabajo. No pensaba en “tengo que pintar para facturar”. Eso me mantenía en eje a la hora de imaginar o crear un mural. No estaba atravesado por lo comercial. Era un camino que iba atravesando y madurando. Fui el último en darme cuenta, en despertarme de ese sueño y decir: “Soy muralista”. Esto fue entre 2009 y 2010.

–Actualmente trabajás con distintas marcas comerciales, ¿cómo hacés para mantener la autonomía de tus obras?

–Por suerte, aún sigo ejerciendo el poder de decisión de lo que quiero hacer con mis obras por sobre otros. A veces te contratan con una consigna dura o te dicen: ‘Che, me gustaría pintar esto’. Ahí es donde uno tiene que negociar con uno mismo hasta qué punto cede su libertad de pintar lo que se le canta o si cede bajo la consigna. También ahora hay otro componente importante que, gracias a Dios, lo estoy viviendo de grande, y son los murales como generadores de contenido en las redes sociales.

–¿Cómo sería eso?

–En algunas propuestas para hacer murales también negociás en la medida que las obras “pegan” o “no pegan” en las redes sociales. Muchos dicen: “Mi mural es un éxito porque tiene mucho alcance”. Para mí, ahí es donde se empiezan a agotar las ideas y se piensa solamente en cómo hackear al algoritmo. A partir de eso, pintar se convierte más en una cuestión de oportunismo que de convicción. Obviamente, hay de todo pero uno intenta mantenerse coherente y la gente te sigue por eso. Ven tu crecimiento, tu maduración, cómo vas evolucionando y, sobre todas las cosas, siempre hay que tratar de proponer algo nuevo, algo nunca visto. Ya sea por técnica o por composición. La forma de seguir vigente es mantener la sorpresa siempre viva. Mi idea es que el mural se lea no a través de un posteo de Instagram, sino que la gente lo pueda percibir y sacarle todo el jugo al topárselo sin querer mientras camina por la vía pública.

–¿Recordás cuál fue para vos el mural que marcó un quiebre en tu carrera?

–Creo que ese quiebre se produjo cuando pinté unos murales en Caseros, que eran unos mutantes que combinaban partes de cuerpo humano con piezas de maquinaria. Eso fue justo después de abrirme una cuenta de Facebook, en 2010, que fue la primera forma que tuve de viralizar mis obras. Te diría también que el que significó un antes y un después fue la tortuga 3D que pinté en el marco del festival internacional de arte urbano Meeting of Styles que se realizó en la Ciudad de Buenos Aires. Hoy esa tortuga ya no está porque demolieron el galpón, pero bueno, fue un antes y un después porque me catapultó a otros festivales y, gracias a ella, también empecé a recibir las primeras invitaciones para viajar a Europa.

–¿Qué sentís cuándo te enterás que algunos de tus murales ya no están?

–No te voy a negar que algo de nostalgia me genera, pero la verdad es que si la obra desaparece por el paso del tiempo yo ya entiendo que es parte de la vida. Lo romantizo un poco, aunque desde el momento en que uno sale a pintar a la calle sabe que la obra no va a durar por siempre. Puede permanecer años o un día porque tal vez al vecino no le gustó o porque alquilaron el local donde pintaste y lo taparon. Uno ya convive con eso. Igual, está bueno romantizarlo porque es lindo que sea un arte efímero. Podríamos decir que hay una vida del mural porque se da una corrosión natural en la calle. El paso del tiempo se impregna en la obra, con manchas de humedad o bloques descascarados. Yo como artista sigo investigando y en cada propuesta trato de hacer algo diferente para no aburrirme. Es un camino de exploración continua y, cuando pasa el tiempo, considero que esa obra realizada hace diez años ya no me representa. Hoy no me vería pintando nuevamente a la tortuga 3D.

–Tus murales combinan dos corrientes artísticas, el fotorrealismo o hiperrealismo, que pueden observarse con mayor facilidad, y el surrealismo urbano. ¿En qué aspectos podemos encontrar esta última corriente?

–Trato de generar situaciones que tengan algo de fantasía y realismo mágico, pero que, al estar pintadas de una forma tan real, es como si vieras un árbol en la calle o un coche pasar. Entonces, aprovechando la dimensión de la pared, que es gigante, podés crear una situación pictórica. A veces utilizo el 3D para tratar de dar la sensación de que esas figuras están saliendo de la pared, que están jugando, que están haciendo sus cosas, por más bizarro que esto pueda sonar. Trato de afinar esa delgada línea entre la obra que pertenece al universo de la fantasía con la realidad para que conviva con el resto de la vida urbana. Por ese lado es que digo que al fotorrealismo le sumé el surrealismo urbano.

–Varios de tus murales incluyen retratos de niños y niñas, ¿qué inspiración encontrás en la infancia?

–Los últimos años me dediqué a pintar niños precisamente porque son chiquitos y me gusta cómo funciona su gestualidad espontánea, que puedo capturar en una foto con el celular. Me interesa esa dinámica de que son chiquitos pero su expresión queda plasmada en algo gigante. Me gusta más eso que una modelo adulta posando para la cámara. Sobre todo, me interesa que estos niños no estén sonrientes. Ese es un detalle a observar porque es muy raro que veas a uno de mis personajes con una expresión de felicidad. Los niños pueden estar pensativos, reflexivos o interpelando. Trato de buscar expresiones en oposición a la publicidad, que siempre te está vendiendo algo. Quiero que sea un llamado, que tenga misterio y un poquito de dramatismo para que invite al observador a detenerse, a contemplar la obra y preguntarse qué está pasando en eso que veo.

–¿Cómo es el proceso de trabajo con los niños?

–Son todos hijos o hijas de mis amigos. Lo que hago es un casting bastante casero, organizamos una sesión de fotos en la que ellos un poco se adaptan a lo que tengo en la cabeza, pero también trato de que jueguen para que las posiciones sean espontáneas y yo pueda seleccionar una foto y llevarla después a la pared. Por ejemplo, para el mural de la torre de agua de Miramar, donde los nenes se están zambullendo, lo que hicimos fue poner una escalera chiquita y unas colchonetas para que ellos simularan que estaban saltando a una pileta. Hicimos como cien fotos y después elegí la que mejor se adaptaba. Nunca los voy a sentar en una silla y decirles “ponete así”. Me gusta esa naturalidad, y reflexionar sobre eso que es tan efímero. Capturamos algo que pasó en un microsegundo, lo detenemos, y lo congelamos en una pared gigante durante años. Es buenísimo.

–¿Qué pensás que tuvo tu mural de la torre de agua de Miramar para que obtuviera el primer premio de la plataforma Street Art Cities?

–El jurado es la misma gente y eso está muy bueno porque cierra el círculo. El criterio es tan subjetivo, tanto como las personas que se paran un segundo a mirar un mural, sacan una foto e investigan al artista que lo pintó. De la misma manera que funciona cuando uno va a una galería de arte y sigue un artista. Solo que la galería acá es la calle. Nosotros al público no lo conocemos porque es tan masivo como todo lo que sucede en este momento en la esquina de un mural. Nuestro nombre no está inscripto en ningún libro, sino que es el boca en boca el que nos legitima como artistas. Así es como van apareciendo las propuestas. Después sí surgen los blogs especializados que, de alguna manera, rankean a los diferentes muralistas por trayectoria, por el mural más grande o el más lindo. Generalmente en este tipo de concursos, como el de Street Art Cities, toman las obras seleccionadas que más ruido están haciendo en el mundo, que son las más virales, y las someten a una votación popular. Es la gente la que nos elige y así he ganado varios premios.

–Hoy sos considerado uno de los diez mejores muralistas del mundo, ¿qué sentís frente a esto?

–No te voy a negar que hay un poquito de falsa humildad. La verdad es que, por un lado, sos inmune porque en realidad son títulos que nos pone la gente. Pero a la vez es algo súper valioso porque también es la gente la que construye tu nombre. Las obras están quietas, no se mueven, pero evidentemente tienen un efecto movilizador en el público. Ahí es cuando decís: “Che, esto está bueno y es importante”.

–¿Sentís algún tipo de responsabilidad social frente a tus murales?

–Sí, al volverme más conocido empecé a reflexionar sobre la responsabilidad que uno tiene frente la obra que pinta. Esa responsabilidad tiene que ver con que uno puede nutrir a la gente con algo bueno, con una buena energía. La gente está abrumada en la calle. No es un lugar en el que uno se quiera quedar. Es solo un espacio de tránsito que conecta el sitio donde tenés que ir con tu casa. En el medio, pasan un montón de situaciones estresantes, te están vendiendo millones de cosas a través de los carteles de publicidad. Entonces, tener esa pausa, ese momento de conexión y diálogo con la obra, te puede sacar una sonrisa y obtener un momento de felicidad. Eso está bueno y ahí es cuando te reconocen. Creo que el título de estar entre los diez mejores es ese. Cualquiera puede ser artista, pero el verdadero título ganado, la medallita, la condecoración, te la pone tu público.

–Antes de empezar tus murales escribís sobre la pared “Hola Mamá”, ¿cuál es la historia detrás de esta frase?

–El “Hola Mamá” es un chiste y un grafiti a la vez que surgió espontáneamente durante un viaje a Moscú. Uno de los primeros pasos al momento de hacer un mural es el garabateo o la cuadrícula. Antes, la cuadrícula se hacía dividiendo todo el soporte en pequeños cuadraditos. Nosotros eso hoy lo hacemos con la cámara del celular porque de esta manera agilizamos el proceso. Hacemos un garabateo en la pared, sacamos la foto y la matcheamos con el diseño. De esta manera, uno ya sabe dónde posicionar el trazo y no perderse en una escala tan grande. Como uno puede pintar lo que quiera, una vez puse “Hola Mamá” saludando a mi vieja porque había viajado a Moscú y me había olvidado de avisarle. Ella estaba preocupada, me había llamado durante dos días y no la atendía. Le mandé una selfie con el “Hola Mamá” de fondo. Lo que pasó después fue que la frase causó furor aunque estuviera en otro idioma. Como llamó tanto la atención y mucha gente se entretenía con eso, lo seguí repitiendo y funcionó también en otras partes del mundo. Hoy lo sigo haciendo como un ritual y como parte del hype porque cuando escribo eso la gente ya sabe que algo voy a pintar en esa pared.

–Me imagino que tu mamá estará orgullosa.

–Sí, Norma se cree mil (risas). Está feliz porque todo el mundo lo tomó como un homenaje a ella. Se ríe y yo me río. Se volvió un sello que está bueno y es divertido porque también conecta. Le da una herramienta a la gente para sacar una foto y saludar a su mamá.

–¿Qué te gusta hacer cuando no estás pintando?

–Cuando no estoy pintando, duermo… (risas)

–Claro, imagino que el desafío físico de pintar en altura debe ser enorme…

–La verdad es que sí, es agotador y te digo por qué. Primero, la parte intelectual, que comienza en el momento de conocer la pared y romperte la cabeza con qué vas a pintar. Este proceso creativo siempre se solapa además con otros murales que estás pintando al mismo tiempo. Imaginate que hoy ya estoy pensando en los diseños que voy a hacer y para los cuales ya tengo una fecha cerrada. A la vez, cuando estás pintando un mural in situ también estás trabajando de tomar millones y millones de decisiones por hora. Cómo poner los colores, cómo ordenar la composición, pero hay otras variables que son más complejas como subir y bajar el balancín o acordarse que el baño más próximo está a tres cuadras en una estación de servicio. También hay que saber cómo resolver las cuestiones climáticas, como el viento o la lluvia. Son cosas que hacen que te explote la cabeza. Por otra parte, tenés lo corporal y ahí podría decirte que hacemos trabajo de obra pesado porque cargamos tachos de pintura de veinte litros, los subimos y después braceamos. Literalmente, braceamos porque cuando estás pintando un edificio ves que tiene tres o cuatro pasadas por el mismo lugar con pintura. Es bastante complejo y, si le sumamos un poquito el miedo a la altura, cuando llegás a tu casa estás roto y cansado. Es prácticamente como correr una maratón. Igual, no me quejo. Siempre espero que llegue el otro día para seguir pintando.

–¿Cómo se conforma el equipo con el que trabajás?

–En el equipo somos cinco. Me interesa hacer hincapié en la seriedad con la que trabajamos y en romper los arquetipos de lo que la gente podría creer de lo que es un artista. Nosotros tenemos todo en regla, trabajamos con desarrolladoras, hacemos capacitaciones en altura y tenemos los seguros al día. Esto está bueno decirlo porque hay personas que piensan que contratar a un muralista implica un riesgo para su obra y, en realidad, es un aporte de valor bastante importante. En el equipo tenemos a Joaquín Caba, que sería el productor general; yo soy el artista principal y también director creativo de la productora. El grupo se completa con Mariana Parra y Nicolás Dicciano, que son dos artistas todoterreno, no solamente se ocupan de la pintura sino que tienen saberes técnicos. Érica Avalos, que es mi novia, nos da una mano con lo administrativo y financiero.

–No podemos dejar de hablar del mural de Diego Maradona, el más grande que se hizo hasta el momento.

–A Maradona lo pinté un año después de su fallecimiento, para su cumpleaños número 62 con el apoyo de YPF. Tenía muchas ganas de hacerlo por todo lo que implicaba. Yo me quise guardar la carta para que, cuando me tocara pintarlo, lo pudiera hacer gigante, que fuera algo que estuviera a su altura. De hecho, rechacé como diez proyectos anteriores. Yo lo podría haber pintado en cualquier pared, pero pensaba que tenía que ser especial y lo pinté en una medianera que venía viendo desde hacía diez años. Para mí era la mejor medianera de la Ciudad de Buenos Aires (avenida San Juan y Virrey Cevallos). Es un lienzo de 45 metros de alto por 45 metros de largo. Cuando vino YPF, les dije que teníamos que hacer el mural más grande del mundo y les conté que ya tenía la pared en vista. Y así se dio. Ellos me dieron la motivación para pintar un mural de la talla del Diego, que era lo que me faltaba.

–Tus últimos dos murales, el de Nueva York y el de Aarhus (Dinamarca), son diferentes a los anteriores: más oscuros y con mayor pregnancia del negro. ¿A qué se debe el cambio?

–Sí, los dos comparten una estética. Hay dos personajes. En el de Dinamarca hay una nena que está sobre el agua. En el de Nueva York, se ve una ciudad inundada y a la mujer protagonista del mural, que está resplandeciente con su trago Manhattan. Se trata de un homenaje a ese cóctel que hicimos para un hotel. Así que utilizamos al Manhattan y a ella como metáfora de resiliencia. Haciendo hincapié en los clásicos y en cómo se mantienen y perduran pese a las modas y lo espontáneo. Hay un paralelismo entre ambas obras y es porque estoy estudiando la textura del agua sobre una atmósfera un poquito más oscura, como más apocalíptica.

–Pintaste murales en todo el mundo, ¿qué sentís que te queda por hacer?

–Es una buena pregunta porque si me la hubieran hecho hace dos años, habría dicho que mi desafío era pintar el edificio más grande o hacer un mural en el lugar más recóndito. Como ya hice todo eso, creo que hoy lo que tengo ganas de hacer es pintar el casco de un barco. También un cohete espacial. No dejan de ser soportes pintables que hacen una recorrida. Así empezó el grafiti durante la década del setenta en Nueva York. Alguien pintó su tag con la motivación de saber que todo el tren aéreo que cruzaba la ciudad lo iba a mirar. Creo que esa es la motivación de cualquier artista urbano, dejar una huella. Y bueno, desde un lugar un poco más ególatra, decir: “Me están mirando. Ése soy yo”.

 

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