Todos somos extraños, una película arriesgada y fascinante sobre los traumas de la infancia y el pavor ante la soledad

Todos somos extraños (All of Us Strangers, Reino Unido/2023). Dirección: Andrew Haigh. Guion: Andrew Haigh, basado en la novela Strangers, de Taichi Yamada. Fotografía: Jamie D. Ramsay. Edición: Jonathan Alberts. Música: Emilie Levienaise-Farrouch. Elenco: Andrew Scott, Paul Mescal, Claire Foy, Jamie Bell. Distruibidora: Fox. Duración: 106 minutos. Nuestra opinión: excelente.

En Weekend, el segundo largometraje del realizador y guionista británico Andrew Haigh, Russell (Tom Cullen) miraba por la ventana de su pequeño departamento de Nottingham como si estuviera buscando una respuesta a una acumulación de carencias sobre las que le costaba pronunciarse. La contemplación melancólica de otros rostros que caminaban vivaces por las calles, que protagonizaban historias de las que se convertía en espectador, no solo no ayudaban a mitigar su dolor sino que acrecentaba esa sensación de pérdida. Russell estaba solo en el mundo y el perderse en las experiencias ajenas se erigía como una forma de castigo autoimpuesto, de negarse otra realidad donde rozar la felicidad no era una utopía sino algo posible.

El encuentro casual con un artista extrovertido, Glen (Chris New), le terminaba demostrando que, aun dentro de una cotidianidad lánguida, también era factible la construcción de un vínculo. Así, sin ataduras, sin presiones, sin rótulos, Russell se ubicaba ante lo muchas veces ignorado: la oportunidad de cambio. Por entonces, Haigh ya abordaba las relaciones humanas con un equilibrio entre el pesimismo ineludible ante los embates y una apertura hacia otras miradas, perspectivas, hacia quienes tienen algo nuevo para mostrar, con personajes que desnudaban sus miserias con cierta aprehensión por temor a ser juzgados. Las ventanas del departamento de Russell, con esas luces que se encendían y apagaban como las de tantos otros edificios, acompañaban el derrotero de un hombre vencido que, por tan solo considerar que había algo más allá del encierro, lograba cobrar vida.

En la flamante Todos somos extraños, Haigh redobla la apuesta con una adaptación libre de Strangers (Extraños), novela editada en 1987 por el japonés Taichi Yamada, en la que mezcla elementos fantásticos dentro de un drama familiar. Como sucedía con Russell en Weekend, aquí también nos encontramos, desde el primer fotograma, con un hombre en soledad, Adam (Andrew Scott, en una actuación descomunal), quien trabaja como guionista desde un departamento ubicado en una Londres en penumbras, con la frialdad signando esos cruces mundanos de quienes van y vienen del trabajo, de quienes no se detienen a verdaderamente mirar al otro. Cuando sale de su microclima, Adam visita a sus padres (interpretados por Claire Foy y Jamie Bell, también excelentes) para desandar un camino de traumas, de conversaciones que quedaron truncas, de carencia de afecto y empatía. Ese permanente insistir en cambiar el pasado se interrumpe ocasionalmente por sus encuentros con Harry (Paul Mescal), quien habita en el mismo edificio y con quien comparte similares aflicciones.

El mayor riesgo que toma Haigh, el serle fiel al componente fantástico del relato, es lo que termina elevando el film, quien por momentos se convierte en un viaje pesadillesco, fragmentado, con retazos de hechos que pudieron o no haber sucedido, pero que confunden a Adam mientras él intenta reconciliarse con una niñez golpeada por la tragedia. La interpretación de Andrew Scott como ese hombre que no sabe si permanecer detenido en el tiempo o amigarse con una vida simple que le pasa por al lado sin que él sepa aprehenderla lo ratifica como uno de los mejores intérpretes de la actualidad. El actor es el as bajo la manga que halló Haigh para entregar, sin concesiones, sin cobardía, una película sobre el miedo a estar solo y lo que sucede cuando, en la finitud de todo, uno se siente efímero, poco significativo, apenas una luz titilante.

Todos somos extraños (All of Us Strangers, Reino Unido/2023). Dirección: Andrew Haigh. Guion: Andrew Haigh, basado en la novela Strangers, de Taichi Yamada. Fotografía: Jamie D. Ramsay. Edición: Jonathan Alberts. Música: Emilie Levienaise-Farrouch. Elenco: Andrew Scott, Paul Mescal, Claire Foy, Jamie Bell. Distruibidora: Fox. Duración: 106 minutos. Nuestra opinión: excelente.

En Weekend, el segundo largometraje del realizador y guionista británico Andrew Haigh, Russell (Tom Cullen) miraba por la ventana de su pequeño departamento de Nottingham como si estuviera buscando una respuesta a una acumulación de carencias sobre las que le costaba pronunciarse. La contemplación melancólica de otros rostros que caminaban vivaces por las calles, que protagonizaban historias de las que se convertía en espectador, no solo no ayudaban a mitigar su dolor sino que acrecentaba esa sensación de pérdida. Russell estaba solo en el mundo y el perderse en las experiencias ajenas se erigía como una forma de castigo autoimpuesto, de negarse otra realidad donde rozar la felicidad no era una utopía sino algo posible.

El encuentro casual con un artista extrovertido, Glen (Chris New), le terminaba demostrando que, aun dentro de una cotidianidad lánguida, también era factible la construcción de un vínculo. Así, sin ataduras, sin presiones, sin rótulos, Russell se ubicaba ante lo muchas veces ignorado: la oportunidad de cambio. Por entonces, Haigh ya abordaba las relaciones humanas con un equilibrio entre el pesimismo ineludible ante los embates y una apertura hacia otras miradas, perspectivas, hacia quienes tienen algo nuevo para mostrar, con personajes que desnudaban sus miserias con cierta aprehensión por temor a ser juzgados. Las ventanas del departamento de Russell, con esas luces que se encendían y apagaban como las de tantos otros edificios, acompañaban el derrotero de un hombre vencido que, por tan solo considerar que había algo más allá del encierro, lograba cobrar vida.

En la flamante Todos somos extraños, Haigh redobla la apuesta con una adaptación libre de Strangers (Extraños), novela editada en 1987 por el japonés Taichi Yamada, en la que mezcla elementos fantásticos dentro de un drama familiar. Como sucedía con Russell en Weekend, aquí también nos encontramos, desde el primer fotograma, con un hombre en soledad, Adam (Andrew Scott, en una actuación descomunal), quien trabaja como guionista desde un departamento ubicado en una Londres en penumbras, con la frialdad signando esos cruces mundanos de quienes van y vienen del trabajo, de quienes no se detienen a verdaderamente mirar al otro. Cuando sale de su microclima, Adam visita a sus padres (interpretados por Claire Foy y Jamie Bell, también excelentes) para desandar un camino de traumas, de conversaciones que quedaron truncas, de carencia de afecto y empatía. Ese permanente insistir en cambiar el pasado se interrumpe ocasionalmente por sus encuentros con Harry (Paul Mescal), quien habita en el mismo edificio y con quien comparte similares aflicciones.

El mayor riesgo que toma Haigh, el serle fiel al componente fantástico del relato, es lo que termina elevando el film, quien por momentos se convierte en un viaje pesadillesco, fragmentado, con retazos de hechos que pudieron o no haber sucedido, pero que confunden a Adam mientras él intenta reconciliarse con una niñez golpeada por la tragedia. La interpretación de Andrew Scott como ese hombre que no sabe si permanecer detenido en el tiempo o amigarse con una vida simple que le pasa por al lado sin que él sepa aprehenderla lo ratifica como uno de los mejores intérpretes de la actualidad. El actor es el as bajo la manga que halló Haigh para entregar, sin concesiones, sin cobardía, una película sobre el miedo a estar solo y lo que sucede cuando, en la finitud de todo, uno se siente efímero, poco significativo, apenas una luz titilante.

 

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