El sindicalismo, entre los negocios y la oscuridad

Hay una cuadra, en el corazón de la capital bonaerense, que alberga una metáfora. Pararse en el medio de esa calle tal vez ayude a entender la degradación de la Argentina. De un lado hay un palacio en ruinas: descuidado, desvencijado y maltratado. Y exactamente enfrente, con una fachada vidriada en la que se refleja el deterioro de la antigua reliquia arquitectónica, un edificio que destila una opulencia pretenciosa, con aires de ostentación. El contraste no es imaginario; tiene una precisa localización geográfica: avenida 13 entre 56 y 57, La Plata.

El viejo palacio descascarado es el Ministerio de Educación de la Provincia, hoy llamado Dirección General de Cultura y Educación. El ostentoso rascacielos vidriado es una de las sedes gremiales de Suteba, el sindicato de Baradel. Parece una semblanza apenas edilicia, pero es la representación de algo que va mucho más allá de las fachadas. El enriquecimiento de muchos sindicatos refleja la ruina de servicios públicos a los que dicen defender.

Esas dos construcciones enfrentadas expresan, si se quiere, una cuestión de fondo: gremios poderosos e instituciones débiles; sindicatos ricos y afiliados pobres; un engorde de la burocracia gremial en detrimento de prestaciones públicas esenciales. Reflejan, además, algo que ha tendido a naturalizarse: organizaciones gremiales convertidas en empresas multirrubro y dirigentes sindicales atornillados a sus sillones con pretensiones de perpetuidad. ¿Desde cuándo un gremio de maestros es una organización rica y opulenta, con hoteles de lujo y edificios fastuosos? ¿Qué información tienen los afiliados sobre la gestión y la administración de semejante patrimonio? Las respuestas podrían esconderse detrás de esa fachada oscura.

Sobre ese entramado de negocios y poder, acaba de encenderse un reflector. La decisión del Presidente de impulsar un proyecto para que los sindicatos tengan elecciones periódicas y transparentes, con reelección limitada de sus secretarios generales, parece poner el dedo en la llaga. Orienta el foco hacia un sistema viciado, donde las conducciones gremiales han llegado a ser hereditarias y la opacidad tiñe un perverso e intrincado mecanismo en el que la acción gremial se confunde con extorsión y la administración de un sindicato se mezcla con bienes de familia y negocios particulares.

En las últimas décadas, todo se ha hecho más turbio y más obsceno. Alrededor del sindicalismo bonaerense se han visto casos verdaderamente escandalosos, como el del gremio de los porteros y los auxiliares docentes. Hizo falta que interviniera la Justicia uruguaya para terminar con años de fechorías e impunidad del “propietario” del Soeme, Marcelo Balcedo. Había heredado ese sindicato sin haber pisado jamás la portería de una escuela. Vivía como millonario, entre Ferraris, mansiones y animales exóticos. Todo estaba a la vista, pero a nadie parecía preocuparle: gobernadores, jueces, organismos antilavado y hasta la propia AFIP, miraron para otro lado.

Balcedo, junto con Baradel, se sentaba a la mesa de presión donde todos los meses de marzo se decidía si los chicos de la provincia empezaban o no las clases. Detrás de esos vidrios espejados de la sede de Suteba, los gremialistas veían cómo se venía abajo la vieja sede ministerial, que simboliza a la educación pública, mientras sus estructuras crecían y se expandían en un alarde de poder.

La degradación, por supuesto, no se limita al edificio del ministerio, que este lunes al mediodía estaba cerrado con candado, sino a cientos de colegios que conviven con filtraciones, techos rotos, baños precarios y aulas descascaradas. Basta caminar cinco cuadras desde el lujoso edificio de Suteba para encontrarse, por ejemplo, con el antiguo Normal 1, uno de los colegios públicos que supo enorgullecer a la capital de la provincia, y que como testimonio de glorias pasadas lleva el nombre de Mary O. Graham, una de aquellas célebres maestras que trajo Sarmiento para abrir el surco de la educación pública de excelencia. Hoy su fachada exhibe los mismos rasgos de degradación y abandono que la sede ministerial. Tienen que utilizar sillas de apoyo para sostener una persiana abierta; el frente está vandalizado; los pequeños jardines perimetrales, completamente descuidados, y las luminarias del frente, directamente desmanteladas. Supo ser un edificio magnífico, pero el esplendor ha migrado ahora de la escuela al sindicato.

El deterioro edilicio, sin embargo, es apenas un reflejo de una degradación más profunda. El poder y la opulencia de Baradel han crecido en la misma proporción en la que se debilitaron el prestigio y la jerarquía de la escuela pública. Ha retrocedido la calidad profesional de los docentes, se han politizado los mecanismos de ascenso y promoción en el escalafón, se han sindicalizado los institutos de capacitación, mientras la antigua carrera de magisterio ha quedado desvirtuada por una pedagogía ideologizada y muchas veces panfletaria. La “lucha sindical” se ha convertido en una coartada para encubrir privilegios y amparar distorsiones, como el absurdo régimen de las licencias docentes, que hace que se paguen hasta cuatro sueldos para tener un maestro en el aula.

El sindicalismo docente se ha desentendido de la escuela como institución y del docente como actor fundamental para convertirse en una maquinaria que alimenta su propio poder y su propia burocracia. Por supuesto, se ha desentendido también de los alumnos, a los que no ha dudado en tomar como rehenes para aumentar su capacidad de presión.

Pero los casos de Baradel o de Balcedo, aun con características particulares, no son una excepción. ¿Qué podría decirse de los Moyano, convertidos en una especie de “emporio familiar” en el que los negocios privados y las organizaciones sindicales están apenas divididos por fronteras tan laxas como difusas? ¿Cuántas dudas hay sobre el patrimonio y los nexos empresariales de José Luis Lingeri, el sindicalista de Obras Sanitarias? ¿Quién le pidió explicaciones a Omar Maturano por desplazarse en un Audi con chofer mientras miles de trabajadores se quedaban sin tren por un paro que había dispuesto él, como jefe gremial de los maquinistas? ¿Hasta dónde se pudo destejer la sospechosa trama de aprietes y negocios que manejaba Pata Medina desde la Uocra de La Plata? Son piezas de un sistema en el que la burocracia sindical administra cajas millonarias casi sin controles. Y en el que la perpetuidad en los cargos se concibe como un derecho natural: dirigentes como Luis Barrionuevo, Armando Cavalieri, Rodolfo Daer, Julio Piumato, Gerardo Martínez, Andrés Rodríguez y el propio Hugo Moyano llevan, junto a muchos otros, entre 30 y 40 años atornillados a sus cargos de secretarios generales. Las elecciones gremiales suelen ser simulacros, con abundancia de listas únicas y trampas de todo tipo para desalentar y arrinconar cualquier atisbo de alternancia y oposición.

Se ha consolidado, así, una burocracia sindical enriquecida y poderosa, pero cada vez más aislada y distante de las transformaciones del mundo laboral y de las necesidades y los desafíos de sus propios representados. ¿Se ha escuchado alguna vez a Moyano hablar de la inteligencia artificial, que influye cada vez más en la logística, la conducción y las rutas de los camiones? Son estructuras aferradas a sus privilegios, que promueven el statu quo y rechazan, como reflejo defensivo, cualquier iniciativa que apunte a la transparencia, la modernización y la competitividad en las reglas del trabajo y la representación gremial. Ningún gobierno, de los pocos que lo han intentado, ha logrado disipar la opacidad del universo sindical.

Así como Suteba levantaba su rascacielos vidriado mientras enfrente se descascaraba el símbolo de la educación pública, todo el sindicalismo argentino se enriquecía mientras alrededor crecían el empleo en negro y la precarización laboral, y mientras millones de personas dejaban de vivir del trabajo para vivir de planes sociales. Hicieron silencio a cambio de conservar sus cajas y sus privilegios. Como también callaron ante el descalabro inflacionario del último gobierno kirchnerista que devoró los salarios de los trabajadores formales.

Las cosas han llegado al extremo de la naturalización. Lo cuenta Jorge Fernández Díaz al hablar de literatura: “Cuando en mis novelas aparece como personaje un sindicalista millonario, en España y otros países de Europa les suena exagerado; les resulta una caricatura excesiva, propia del realismo mágico, algo que acá nos parece normal”. Algunas escenas de su última y apasionante novela, Cora, bien podrían estar ambientadas en las oficinas lujosas de muchos sindicalistas argentinos que desafían a la ficción. ¿Se encenderá finalmente alguna luz en medio de tanta oscuridad? Penoso favor le han hecho al genuino sindicalismo los gremios y los gremialistas que solo se representan y se salvan a sí mismos. Las cosas están a la vista.

Hay una cuadra, en el corazón de la capital bonaerense, que alberga una metáfora. Pararse en el medio de esa calle tal vez ayude a entender la degradación de la Argentina. De un lado hay un palacio en ruinas: descuidado, desvencijado y maltratado. Y exactamente enfrente, con una fachada vidriada en la que se refleja el deterioro de la antigua reliquia arquitectónica, un edificio que destila una opulencia pretenciosa, con aires de ostentación. El contraste no es imaginario; tiene una precisa localización geográfica: avenida 13 entre 56 y 57, La Plata.

El viejo palacio descascarado es el Ministerio de Educación de la Provincia, hoy llamado Dirección General de Cultura y Educación. El ostentoso rascacielos vidriado es una de las sedes gremiales de Suteba, el sindicato de Baradel. Parece una semblanza apenas edilicia, pero es la representación de algo que va mucho más allá de las fachadas. El enriquecimiento de muchos sindicatos refleja la ruina de servicios públicos a los que dicen defender.

Esas dos construcciones enfrentadas expresan, si se quiere, una cuestión de fondo: gremios poderosos e instituciones débiles; sindicatos ricos y afiliados pobres; un engorde de la burocracia gremial en detrimento de prestaciones públicas esenciales. Reflejan, además, algo que ha tendido a naturalizarse: organizaciones gremiales convertidas en empresas multirrubro y dirigentes sindicales atornillados a sus sillones con pretensiones de perpetuidad. ¿Desde cuándo un gremio de maestros es una organización rica y opulenta, con hoteles de lujo y edificios fastuosos? ¿Qué información tienen los afiliados sobre la gestión y la administración de semejante patrimonio? Las respuestas podrían esconderse detrás de esa fachada oscura.

Sobre ese entramado de negocios y poder, acaba de encenderse un reflector. La decisión del Presidente de impulsar un proyecto para que los sindicatos tengan elecciones periódicas y transparentes, con reelección limitada de sus secretarios generales, parece poner el dedo en la llaga. Orienta el foco hacia un sistema viciado, donde las conducciones gremiales han llegado a ser hereditarias y la opacidad tiñe un perverso e intrincado mecanismo en el que la acción gremial se confunde con extorsión y la administración de un sindicato se mezcla con bienes de familia y negocios particulares.

En las últimas décadas, todo se ha hecho más turbio y más obsceno. Alrededor del sindicalismo bonaerense se han visto casos verdaderamente escandalosos, como el del gremio de los porteros y los auxiliares docentes. Hizo falta que interviniera la Justicia uruguaya para terminar con años de fechorías e impunidad del “propietario” del Soeme, Marcelo Balcedo. Había heredado ese sindicato sin haber pisado jamás la portería de una escuela. Vivía como millonario, entre Ferraris, mansiones y animales exóticos. Todo estaba a la vista, pero a nadie parecía preocuparle: gobernadores, jueces, organismos antilavado y hasta la propia AFIP, miraron para otro lado.

Balcedo, junto con Baradel, se sentaba a la mesa de presión donde todos los meses de marzo se decidía si los chicos de la provincia empezaban o no las clases. Detrás de esos vidrios espejados de la sede de Suteba, los gremialistas veían cómo se venía abajo la vieja sede ministerial, que simboliza a la educación pública, mientras sus estructuras crecían y se expandían en un alarde de poder.

La degradación, por supuesto, no se limita al edificio del ministerio, que este lunes al mediodía estaba cerrado con candado, sino a cientos de colegios que conviven con filtraciones, techos rotos, baños precarios y aulas descascaradas. Basta caminar cinco cuadras desde el lujoso edificio de Suteba para encontrarse, por ejemplo, con el antiguo Normal 1, uno de los colegios públicos que supo enorgullecer a la capital de la provincia, y que como testimonio de glorias pasadas lleva el nombre de Mary O. Graham, una de aquellas célebres maestras que trajo Sarmiento para abrir el surco de la educación pública de excelencia. Hoy su fachada exhibe los mismos rasgos de degradación y abandono que la sede ministerial. Tienen que utilizar sillas de apoyo para sostener una persiana abierta; el frente está vandalizado; los pequeños jardines perimetrales, completamente descuidados, y las luminarias del frente, directamente desmanteladas. Supo ser un edificio magnífico, pero el esplendor ha migrado ahora de la escuela al sindicato.

El deterioro edilicio, sin embargo, es apenas un reflejo de una degradación más profunda. El poder y la opulencia de Baradel han crecido en la misma proporción en la que se debilitaron el prestigio y la jerarquía de la escuela pública. Ha retrocedido la calidad profesional de los docentes, se han politizado los mecanismos de ascenso y promoción en el escalafón, se han sindicalizado los institutos de capacitación, mientras la antigua carrera de magisterio ha quedado desvirtuada por una pedagogía ideologizada y muchas veces panfletaria. La “lucha sindical” se ha convertido en una coartada para encubrir privilegios y amparar distorsiones, como el absurdo régimen de las licencias docentes, que hace que se paguen hasta cuatro sueldos para tener un maestro en el aula.

El sindicalismo docente se ha desentendido de la escuela como institución y del docente como actor fundamental para convertirse en una maquinaria que alimenta su propio poder y su propia burocracia. Por supuesto, se ha desentendido también de los alumnos, a los que no ha dudado en tomar como rehenes para aumentar su capacidad de presión.

Pero los casos de Baradel o de Balcedo, aun con características particulares, no son una excepción. ¿Qué podría decirse de los Moyano, convertidos en una especie de “emporio familiar” en el que los negocios privados y las organizaciones sindicales están apenas divididos por fronteras tan laxas como difusas? ¿Cuántas dudas hay sobre el patrimonio y los nexos empresariales de José Luis Lingeri, el sindicalista de Obras Sanitarias? ¿Quién le pidió explicaciones a Omar Maturano por desplazarse en un Audi con chofer mientras miles de trabajadores se quedaban sin tren por un paro que había dispuesto él, como jefe gremial de los maquinistas? ¿Hasta dónde se pudo destejer la sospechosa trama de aprietes y negocios que manejaba Pata Medina desde la Uocra de La Plata? Son piezas de un sistema en el que la burocracia sindical administra cajas millonarias casi sin controles. Y en el que la perpetuidad en los cargos se concibe como un derecho natural: dirigentes como Luis Barrionuevo, Armando Cavalieri, Rodolfo Daer, Julio Piumato, Gerardo Martínez, Andrés Rodríguez y el propio Hugo Moyano llevan, junto a muchos otros, entre 30 y 40 años atornillados a sus cargos de secretarios generales. Las elecciones gremiales suelen ser simulacros, con abundancia de listas únicas y trampas de todo tipo para desalentar y arrinconar cualquier atisbo de alternancia y oposición.

Se ha consolidado, así, una burocracia sindical enriquecida y poderosa, pero cada vez más aislada y distante de las transformaciones del mundo laboral y de las necesidades y los desafíos de sus propios representados. ¿Se ha escuchado alguna vez a Moyano hablar de la inteligencia artificial, que influye cada vez más en la logística, la conducción y las rutas de los camiones? Son estructuras aferradas a sus privilegios, que promueven el statu quo y rechazan, como reflejo defensivo, cualquier iniciativa que apunte a la transparencia, la modernización y la competitividad en las reglas del trabajo y la representación gremial. Ningún gobierno, de los pocos que lo han intentado, ha logrado disipar la opacidad del universo sindical.

Así como Suteba levantaba su rascacielos vidriado mientras enfrente se descascaraba el símbolo de la educación pública, todo el sindicalismo argentino se enriquecía mientras alrededor crecían el empleo en negro y la precarización laboral, y mientras millones de personas dejaban de vivir del trabajo para vivir de planes sociales. Hicieron silencio a cambio de conservar sus cajas y sus privilegios. Como también callaron ante el descalabro inflacionario del último gobierno kirchnerista que devoró los salarios de los trabajadores formales.

Las cosas han llegado al extremo de la naturalización. Lo cuenta Jorge Fernández Díaz al hablar de literatura: “Cuando en mis novelas aparece como personaje un sindicalista millonario, en España y otros países de Europa les suena exagerado; les resulta una caricatura excesiva, propia del realismo mágico, algo que acá nos parece normal”. Algunas escenas de su última y apasionante novela, Cora, bien podrían estar ambientadas en las oficinas lujosas de muchos sindicalistas argentinos que desafían a la ficción. ¿Se encenderá finalmente alguna luz en medio de tanta oscuridad? Penoso favor le han hecho al genuino sindicalismo los gremios y los gremialistas que solo se representan y se salvan a sí mismos. Las cosas están a la vista.

 

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