Juan Rulfo, el escritor insomne que leía 2 novelas diarias y ocultó archivos en Gobernación

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Juan Rulfo era ya un autor consagrado en la literatura hispanoamericana gracias a El llano en llamas y Pedro Páramo. Para evitarse molestias cuando le preguntaban cuándo volvería a publicar, se inventaba novelas o historias, pero en realidad no planeaba hacerlo.

Al autor jalisciense, nacido el 16 de mayo de 1917, lo que le interesaba -según contó al periodista Fernando Benítez en una entrevista de 1980– era la música y leer, actividades a las que dedicaba sus noches, porque si algo lo caracterizó era su insomnio y su habilidad para hacer todo de noche. «Soy un tecolote», aseguraba.

En la charla que sostuvo con Benítez, quien fue su vecino, Rulfo dejó ver la profundidad de sus conocimientos musicales, porque -decía- «la música va en compañía de la literatura».

«Me gusta particularmente la música de la Edad Media, del Renacimiento y del Barroco. Comparto en ese sentido los gustos de Juan José Bremer. Algo del Romanticismo, lo imprescindible. Escucho a Orlando de Lassus, a Perotinus Magnus, a Charpentier, a los Venecianos, me gustan también los cantos gregorianos, las misas, los réquiems y, desde luego, Vivaldi, Monteverdi, Gabrielli, Gesualdo. Casi tengo tantos discos y casetes como libros«, reveló el famoso autor mexicano, que no se caracterizaba por poseer una biblioteca vasta.

Según sus cálculos, tendría unos 2.000 volúmenes, porque «libro que no me gusta o no pienso releer, lo regalo». Lo que sí acumulaba eran lecturas, pues si algo definía Rulfo era ser un gran lector, antes que escritor.

Oigo cuatro o cinco horas diarias de música  y al mismo tiempo leo sentado en un sillón. Cuando era joven leía dos novelas diarias, ahora sólo leo una novela o una crónica. Asocio la lectura a la música.

Fue en las noches cuando Rulfo pudo escribir Pedro Páramo, en apenas cuatro meses.  En una noche era capaz de terminar un cuento. «Traía un gran vuelo, pero me cortaron las alas. Ahora algo madura, algo se forma y necesito un poco de paz y de silencio para reanudar mi trabajo. Espero la magia de otras noches, porque yo soy un tecolote. Todo lo hago de noche.«

También en las noches, cuando el joven Rulfo trabajaba como archivero en la Secretaría de Gobernación, dejaba en libertad su imaginación. «Como no tenía amigos, me quedaba en el archivo y escribía una novela. Se titulaba El hijo del desaliento«.

En Gobernación, Rulfo manejaba el archivo de extranjeros y se encargó de ocultar algunos documentos.

«Recibí órdenes de ocultar algunos expedientes y los guardaba en un cajón secreto. Inventé un sistema de clasificación que no era alfabético y del que yo sólo tenía las claves. Debían recurrir a mí forzosamente. Era pura maña porque vivíamos en las transas y hasta que allá arriba no aflojaban la lana, no aparecían los expedientes», recordó de su época de juventud.

La vida llevó a Rulfo por otros caminos, lejos de la Secretaría de Gobernación y en la década de los 50, el autor publicó las dos obras que lo encumbraron: El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955).

Cuando Benítez platicó con él, tenía 20 años sin escribir. «Aquejado de insomnios y de apreturas familiares, enfermo con frecuencia, pasa las noches devorando libros y oyendo música… No se siente obligado a dar un libro anual. No comete esa tontería… Hoy edita libros, corrige el detestable estilo de los antropólogos, viaja a coloquios y juntas de escritores y a veces se aventura hasta la librería del Ágora, donde platica con amigos o escucha discos y grabaciones», relataba el periodista.

-«Es hora de dormir», le dijo Benítez al final de la entrevista que se había prolongado hasta las tres de la madrugada.

Es hora de tratar de dormir. ¿Sabes? A veces amanezco queriendo no despertar.